Me fui de viaje para conocer Machu Picchu y otros sitios arqueológicos de la civilización inca.
En marzo de 2020 ya había intentado visitar Machu Picchu, pero justo el día antes de comenzar el tour, el Gobierno peruano declaró el estado de emergencia por la pandemia y anunció que cerraría las fronteras a partir del día siguiente. Recuerdo que tuve que salir corriendo hacia Bolivia.
El grupo que había partido un día antes no tuvo tanta suerte: el confinamiento los sorprendió en Aguas Calientes, al pie de Machu Picchu. Según escuché, algunos japoneses que se encontraban allí no pudieron regresar a Japón hasta octubre.
Así que, seis años después, ¡por fin llegó el momento de saldar mi cuenta pendiente con Machu Picchu!
Tour a Machu Picchu
Para visitar Machu Picchu hay que organizar el ingreso con bastante anticipación. Cuando intenté ir en 2020, pude comprar los boletos de tren a través de una agencia en Cusco y organizar buena parte del viaje por mi cuenta. Sin embargo, debido al aumento del turismo en los últimos años, actualmente el acceso está mucho más regulado y funciona mediante reservas y circuitos con cupos limitados.
Esta vez hice la reserva con tres meses de anticipación y, aun así, quedaban pocas plazas. Recomiendo reservar incluso antes para ir sobre seguro.
Contraté el tour con Machu Picchu Tours. Respondían muy rápido por WhatsApp y, además, el día anterior a la salida vinieron hasta nuestro hotel para explicarnos personalmente todos los detalles del viaje. Quedé muy satisfecho con el servicio.
En Cusco nos alojamos en Kantu Hotel. La ubicación es excelente: está junto a la catedral, muy cerca del Mercado de San Pedro y se puede llegar caminando fácilmente a la Plaza de Armas. Las vistas desde la azotea también son muy bonitas.
Además, la atención fue magnífica. El día que dejamos Cusco tuvimos que salir muy temprano y no pudimos aprovechar el desayuno buffet, así que nos prepararon unos sándwiches para llevar.

Al día siguiente de nuestra llegada comenzó el tour.
Nos habían dicho que sería un tour para un grupo reducido, pero finalmente los únicos participantes éramos mi amigo y yo. ¡Terminó siendo prácticamente un tour privado!
Junto con nuestro conductor y nuestro guía partimos hacia Ollantaytambo, desde donde sale el tren hacia Aguas Calientes, el pueblo situado al pie de Machu Picchu.
Durante el trayecto visitamos una granja de alpacas, las ruinas incas de Písac, paramos a comer en un restaurante y después recorrimos el complejo arqueológico de Ollantaytambo. Todo estaba incluido en el precio del tour.
Y en Ollantaytambo tenía una pequeña misión personal.
En 1952, durante su famoso viaje por Sudamérica en motocicleta, Ernesto “Che” Guevara pasó por aquí y se tomó una fotografía en las ruinas. Así que busqué exactamente el mismo lugar e intenté recrear aquella foto.


¿Qué les parece? Hasta el ángulo quedó bastante bien, ¿no?
Por la tarde tomamos el tren desde la estación de Ollantaytambo rumbo a Aguas Calientes.
Antes de la salida, unos miembros del personal del ferrocarril nos despidieron con trajes tradicionales, música y cantos. Fue una puesta en escena muy bonita que realmente te hacía sentir: “¡Ahora sí comienza la aventura!”

Durante el viaje incluso realizaron una especie de ceremonia para desearnos buena suerte. Me dio la impresión de que realmente se esfuerzan por hacer que los turistas disfruten de toda la experiencia, y no solamente del destino.
Después de unas dos horas en tren llegamos a Aguas Calientes.
Mi primera impresión fue: ¡qué pueblo tan bonito y desarrollado para encontrarse en medio de montañas tan altas!
El impacto económico que genera el turismo en esta zona debe de ser enorme.
Nos alojamos en el Hotel Santuario Machupicchu, reservado por la agencia. Aguas Calientes está lleno de restaurantes, tiendas y todo tipo de servicios, así que es muy fácil encontrar prácticamente cualquier cosa que uno pueda necesitar.
A la mañana siguiente… llovía a cántaros…
Confiando en aquello de que “el clima en la montaña cambia rápidamente”, salimos finalmente hacia Machu Picchu.
Después de unos veinte minutos en autobús llegamos a la entrada, donde ya había numerosos turistas haciendo fila. Como el acceso está bastante controlado, no diría que estuviera abarrotado, pero definitivamente había muchísima gente.
Recorrimos las ruinas durante aproximadamente una hora y media acompañados por nuestro guía y pudimos conocer mucho mejor el extraordinario nivel de desarrollo alcanzado por la civilización inca.
Una de las cosas que más me impresionó fue saber que ya en el siglo XV los incas desarrollaban y mejoraban distintas variedades de cultivos.
Al final pasamos buena parte de la visita bajo la lluvia, pero eso también tuvo algo positivo: pudimos comprobar con nuestros propios ojos que el sistema de drenaje construido por los incas sigue funcionando siglos después.
Su capacidad de observación y comprensión de los fenómenos naturales debió de ser impresionante.
Después de terminar el recorrido con el guía, llegó el siguiente desafío: subir al Huayna Picchu, la montaña que se encuentra detrás de Machu Picchu.
El sendero es increíblemente empinado. Sinceramente, es el tipo de recorrido para el que me cuesta imaginar que se concediera autorización turística en Japón. Y la lluvia hizo que la subida fuera todavía más complicada.
Aun así, ¡conseguimos llegar hasta la cima!
Durante el camino vimos a bastantes personas darse por vencidas y regresar.
Con buen tiempo, las vistas desde arriba deben de ser espectaculares, pero nosotros solo pudimos ver… nubes…
Por suerte, cuando bajamos del Huayna Picchu y volvimos a pasar por Machu Picchu de camino a la salida, finalmente había dejado de llover.

En el tren de regreso estaba tan agotado que me quedé completamente dormido…
Lima
De regreso pasamos una noche en Lima.
Allí aprovechamos para visitar un sauna y un museo militar.
Baños Turcos Windsor
Después de varios días de viaje necesitábamos recuperar fuerzas, así que fuimos al Baños Turcos Windsor.
Me sorprendió muchísimo la calidad de sus instalaciones. Si vives en Lima y te gusta el sauna, definitivamente merece una visita.
Además del sauna, tienen piscina de agua fría y hasta una zona de descanso para relajarse después. Incluso había un señor durmiendo profundamente y roncando en la zona de descanso… exactamente igual que en Japón (jajaja).
También tienen un lugar donde se puede comer y beber, así que terminé brindando con una cerveza junto a mi amigo.
Y para completar la experiencia, un señor bastante borracho empezó a hablarnos… y terminó invitándonos otra cerveza.
Museo Contemporáneo Chavín de Huántar
¿Conocen la toma de la residencia del embajador de Japón en Lima de 1996?
En diciembre de aquel año, miembros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), una organización guerrillera de izquierda, asaltaron la residencia del embajador japonés durante una recepción por el natalicio del emperador de Japón y tomaron como rehenes a numerosos invitados.
La crisis se prolongó durante varios meses.
Finalmente, el 22 de abril de 1997, comandos de las Fuerzas Armadas peruanas irrumpieron en la residencia mediante la Operación Chavín de Huántar.
Durante la operación murieron los 14 miembros del MRTA que permanecían en la residencia, dos comandos peruanos y uno de los rehenes.
Para preparar el rescate, las fuerzas especiales construyeron una réplica de la residencia y practicaron allí repetidamente el asalto.
Actualmente, ese lugar funciona como museo y conserva la memoria tanto de la operación como de los militares que participaron en ella.
Antes de ir imaginaba que sería un museo bastante solitario, pero me equivoqué por completo. Estaba lleno de grupos de estudiantes y de jóvenes reclutas del Ejército.
Al principio nos mostraron un vídeo de unos veinte minutos y, para mi sorpresa, incluso pudieron ponerme subtítulos en japonés. Después, un guía militar nos explicó detalladamente cómo se desarrolló la operación.
Por la forma en que está planteada la visita, tuve la impresión de que el museo no busca únicamente conservar la memoria histórica del acontecimiento, sino también transmitir valores relacionados con el patriotismo y destacar el papel de las Fuerzas Armadas.
Yo ya conocía el incidente antes de visitar el museo, pero allí pude entender mucho mejor su contexto histórico.
La toma de la residencia ocurrió en la etapa final de un largo período de violencia política y terrorismo que había marcado profundamente al Perú desde la década de 1980. Sendero Luminoso ya había sufrido un golpe decisivo con la captura de Abimael Guzmán en 1992, mientras que la Operación Chavín de Huántar prácticamente significó el final del MRTA como organización armada relevante.
Por eso, más allá del vínculo con Japón, este episodio ocupa un lugar importante en la historia contemporánea del Perú.
Y, como japonés, también me produjo una sensación especial saber que miembros de las Fuerzas Armadas peruanas arriesgaron —y algunos perdieron— la vida para liberar a los rehenes que se encontraban en la residencia del embajador de Japón, y ver que la memoria de aquella operación continúa siendo transmitida a las nuevas generaciones.

Gastronomía peruana
Y para terminar, tengo que hablar de la comida peruana.
De todos los países en desarrollo que he visitado, nunca había estado en uno donde se comiera tan bien.
Probamos prácticamente todos los platos famosos que queríamos: cuy, alpaca, ceviche de trucha… y todo estaba buenísimo.
Lo mejor es que daba igual si íbamos a un restaurante relativamente caro o a un pequeño local frecuentado por gente de la zona: casi siempre comíamos muy bien y, además, ¡las porciones eran enormes!
En el Mercado de San Pedro de Cusco comimos una sopa de pollo con fideos que, para mi sorpresa, ¡incluía una segunda porción de fideos gratis!
Pero si tuviera que elegir mi plato favorito de todo el viaje, sería el carpaccio de alpaca.
La combinación del intenso sabor de la carne con la albahaca me pareció espectacular.
En la foto de abajo aparece un cuy entero al horno. La textura de la carne me recordó un poco a la de las alitas de pollo: jugosa y con bastante sabor. Además, probablemente porque lo asan con hierbas aromáticas, prácticamente no tenía ese olor fuerte que uno podría esperar de este tipo de carne.

Historia, comida espectacular y gente amable.
Este viaje hizo que me enamorara del Perú.

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